Los cuentos curan

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LOS CUENTOS CURAN.

“Una mañana en las montañas de Huesca, contemplando como el amor se resquebrajaba no pude sino emocionarme al leer a una pareja amiga uno de mis cuentos favoritos. En esas montañas tomé refugio, en la ceremonia Chôd, un profundo encuentro budista con la muerte, me llamaron “océano de larga vida” … pero aún me aterraban los finales. Me quedaba por descubrir con la sabia visión del paso del tiempo que estaba empezando experimentar en mis propias carnes ese cuento de la mujer esqueleto.

Para mi representaba la muerte del amor idealizado, la incapacidad de enfrentarse con la muerte y de desenredarla, la cual es el origen del fracaso de muchas relaciones amorosas. Si creemos que la vida no se perpetua más allá de la muerte, el temor a concertar compromisos nos aterra por la simple posibilidad de soportar que todo en algún momento tiene un final.

Para amar, hay que ser no sólo fuerte sino también sabio e integrar en nuestro día la triada nacimiento, preservación de la vida y muerte. Toda relación nace gracias a los adioses/muertes previos. Este cuento es una leyenda Inuit y la acción transcurre en una zona de islas y de frío, con condiciones muy extremas y duras. ..que mejor escenario para representar el temor de la naturaleza de la vida y de la muerte. Nos aterra crecer con la falsa creencia de que la muerte siempre va seguida de más muerte. Nos aterra acercarnos al amor y a la posibilidad de ser felices porque no estamos preparados para si final. Pero no es así, la muerte genera nueva vida aunque vivamos reduciendo nuestra existencia a vivir como un esqueleto, antes o después volveremos a remembrarnos.

Cuando releí el libro “Mujeres que con Lobos” de Clarissa Pinkola Estés, experimente el poder sanador de este cuento del que os hablo “La Mujer Esqueleto”. La autora, analista junguiana, afirma que los cuentos tradicionales contienen los mensajes vitales de la humanidad y transmiten enseñanzas que contienen grandes consejos y secretos. La literatura es anterior a la psicología. Pero están vertebradas por el valor de que las palabras curan. Os dejo con toda su aterradora y oceánica belleza…”

Swaranita

La historia de la Mujer Esqueleto

“Había una vez una joven que desobedeció a su padre. Este, como castigo, la arrojó por un acantilado. Pero la chica no murió: se transformó en una especie de espectro de las aguas, se miviva, sometida a los helados vaivenes de las olas, condenada a habitar las profundidades gélidas y oscuras del lecho marino. Una especie de zombie espantoso, que asustaba a cuanto ser la viese, fuera del agua o de la tierra.

Y había un pescador.

Un frágil pescador que salía cada día con su botecito y su red a pescar. Todos los días lo mismo: si pescaba, comía. Y si no, había que esperar al día siguiente.

El caso es que un día, como todos los días de su vida, el pescador se hizo a la mar, eligió un lugar y tiró sus redes. Justo en el lugar por donde el cuerpo de la Mujer Esqueleto era mecido por la corriente. El pescador sintió el pique, las redes poniéndose muy tensas. Caramba, dijo, al fin pesco algo grande, ahora sí que voy a tener para comer. Es más, pensaba excitado, quizás hasta pueda aprovisionarme y ahorrarme de salir a la mar por varios días. Empezó a recoger la red, tenía que hacer mucha fuerza.

Menudo susto se pegó cuando vio lo que le traía la red: sobre su barcaza se asomaba un brazo mitad hueso mitad garra, espantos, semihumano. Un terror incontrolado se apoderó del pescador, que instintivamente soltó la red y agarró los remos. Empezó a dirigirse con desesperación a la costa. Tanto era su temor, que no se dio cuenta que la red había apresado esa inesperada y horrible figura, y que no se había soltado. Así fue el pescador hasta la playa, mirando por sobre el hombro para atrás. Con las olas, el cuerpo de la Mujer Esqueleto se asomaba cada tanto, y el hombre en su terror se sentía perseguido por semejante espectro. Se bajó a los tropezones de la barca y corrió hasta su choza. No se dio cuenta que su pie estaba enredado con los hilos de la red y que, en su huída, seguía arrastrando detrás de sí a su presa.

Entró jadeando a su choza: ahí se sintió más protegido. Encendió el fuego para quitarse el frío y la humedad. Entonces la vio. La Mujer Esqueleto estaba ahí tirada, toda despatarrada, los huesos salidos de lugar, con animalitos marinos saliéndole de las cuencas de los ojos, fea y desarmada. Superó el terror y las ganas de gritar y se animó a mirarla. Poco a poco fue entendiendo lo que había pasado. Mientras tanto, la Mujer Esqueleto no salía de su asombro: hacía tanto que no estaba afuera del agua, en contacto con un humano. Tenía miedo de moverse para no seguir asustando al pescador. Y así se quedó quietita, deseando no volver a ser arrojada a su no-vida, a la nada.

El pescador tuvo un extraño impulso. Se sobrepuso al rechazo y empezó a sentir curiosidad y ternura por ese ser tan horripilante pero a la vez desvalido. Se acercó y la fue desenredando despacito. Le acomodó los huesos y el pelo, y la sentó en un rincón cercano al fuego. Comió algo y le acercó a la mujer, casi amorosamente, un poco de pescado crudo. La mujer lo comió. Hacía siglos que no comía, era tanta la gratitud que sentía todo el tiempo.

Después, el pescador se acurrucó junto al fuego. Se tapó con sus pieles y se quedó dormido, agotado por la experiencia que acababa de vivir. La Mujer Esqueleto lo miró por mucho tiempo, feliz de estar ahí, conformándose con ese momento que deseaba eterno. Pero al rato el hombre empezó a quejarse y llorar, como siempre lloran los hombres, sólo en sueños. Y se arrastró despacio y en silencio hacia donde dormía el pescador. Se recostó al lado suyo y bebió sus lágrimas, muerta de sed de agua dulce y profunda. Sin saber bien lo que hacía, se pegó a ese varón dormido y le arrancó el corazón. Para darle calor se lo puso en el pecho. Y ahí sucedió el milagro: la carne empezó a rodearle los huesos, y la piel recubrió sus músculos. Volvieron a salirle los senos y la rajadura del sexo. Se animó a recostarse al lado del pescador que seguía profundamente dormido, arropados los dos debajo de las mantas. Le devolvió el corazón y lo abrazó con un calor nuevo y feliz, de mujer. Así durmieron juntos toda esa larga noche.

Y desde entonces, no se han vuelto a separar.

Nadie nos roba el corazón para siempre. Todos somos como el pescador. Soñamos con una presa grande, con la comodidad de no tener que andar por ahí mendigando el sustento diario. Pero cuando la encontramos, cuando hallamos el Amor, cuando hallamos a la Mujer Esqueleto, a esa fuerza que nos trasciende y es mas poderosa que nosotros, nunca es como la imaginamos. Siempre es más poderosa y más horrible, y más temible… y siempre, de una u otra manera, nos conmociona, quizá hasta nos espante.

Nunca estamos preparados para eso que, paradójicamente, salimos a pescar desde el principio. La primera reacción es de temor. La segunda, sentirnos perseguidos. Eso mismo que pescamos parece corrernos, atraparnos; amenaza con hacernos daño. Corremos hacia la tibieza del antes, a ver si ahí todo vuelve a la normalidad. Error: quedamos atados para siempre de esa imagen, cazadores cazados.

Si el miedo se supera, si se puede ver de frente, la Mujer Esqueleto no es tan terrible. Simplemente está desmembrada, fuera de uso y un poco anquilosada. Se trata de acomodarla y descansar luego de semejante tarea de arquitectura. Es tarea dura, pero, cuánto vale. La entrega es siempre horizontal. La entrega es siempre incondicional. Como el dormir, como el sueño. Es confiar. Cerrar los ojos y dejar caer las lágrimas de los sueños ocultos, inconfesados. Esa es el agua dulce que regenera.

Así, cuando los amantes son capaces de soportar la naturaleza de la Mujer Esqueleto, la naturaleza del Amor, de esa naturaleza que es Nacimiento/Muerte/Resurrección y de comprenderla como una continuidad, como una noche entre dos días, entonces se fortalecerán juntos y podrán comprender .

Nadie nos roba el corazón. Apenas lo toma prestado. Y lo devuelve, sin que te des cuenta. Apenas te lo pide para renacer. Y la recompensa promete ser… promete ser la negación de la nada”.

Fuente: Mujeres que corren con Lobos

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